Amalia
Amalia Pasado el zaguán que conducía del primero al segundo patio en la casa de don Felipe Arana, calle de Representantes, número 153, se hallaba a mano izquierda una pieza cuadrada, con una gran mesa de escribir en el centro, otra más pequeña en uno de los ángulos, y un estante conteniendo muchas obras teológicas, las Partidas, un diccionario de la lengua, edición de 1764; un grabado representando a San Antonio; un botellón de agua; unas tazas de loza y un damero: nada más tenía el estante del señor don Felipe; pues acabamos de conocer el gabinete del señor ministro, ascendido al alto rango de gobernador delegado.
En la pequeña mesa copiaba un largo oficio nuestro distinguido amigo el señor don Cándido Rodríguez. Y delante de la gran mesa en que figuraban gallardamente muchos legajos, muchos sobres de cartas y de oficios y un gran tintero de estaño, sentados estaban don Felipe Arana y el ministro de Su Majestad Británica, caballero Enrique Mandeville, y nuestro «entrometido» Daniel.
—Pero si no ha habido declaración de guerra, señor Mandeville —decía el señor don Felipe a tiempo que entramos con el lector en su gabinete. Y eso lo decía con sus manos cruzadas sobre el estómago, como las tienen habitualmente las señoras cuando se hallan en estado de esperanzas.
