Amalia
Amalia La firma de la comisión argentina, los compromisos que ella hubiese contraído podrían haber sido, sin duda, atendibles y respetados por el nuevo gobierno que sucediese al de Rosas en Buenos Aires. Pero, si la Francia se negaba a respetar la alianza de hecho, sellada con las libaciones de la sangre ¿cómo esperar que respetase un compromiso extraoficial, contraído con un agente suyo, con una entidad moral que no representaba absolutamente nada, ni en derecho público, ni en poder, ni en consecuencias ulteriores, una vez que fuese vencido por Rosas el partido armado que esa entidad representaba? ¿Con qué carácter, dónde, ni cómo, se reclamaría de la Francia el cumplimiento de los deberes que la alianza imponía, si la Francia cortaba la cuestión, como la cortó, o daba a su política en el Plata cualquiera otro sesgo que le conviniese?
Entretanto, si el general Lavalle triunfaba de Rosas, la revolución no podía dejar de llevarlo al puesto del gobierno, y la comisión argentina, por la calidad de sus miembros, debía hallarse también en las altas regiones del poder; y las promesas del 22 de junio, si bien no eran de una obligación perfecta para Buenos Aires, lo eran para aquellos que las firmaron, y que, colocados en actitud de llenarlas, no hubieran querido ni podido prescindir de cumplirlas. Viniendo a resultar que aquel convenio era todo una realidad para la Francia, y todo una ilusión para la comisión argentina.