Amalia
Amalia Esa pieza histórica tiene en sí misma el sello de dos verdades innegables, que más tarde serán temas de largas meditaciones en el historiador de estos países, como le servirá también de comprobante para justificar la lealtad y la moral de los emigrados argentinos, tantas veces acusados de vender y sacrificar los intereses y los derechos de su país en sus relaciones con el extranjero.
Estudiando ese documento no se puede menos que compadecer ese santo infortunio de la emigración, de cuyos tristes efectos no es el menos notable, ni el menos desgraciado, el alucinamiento a que da ocasión, aun en los espíritus más serios.
Parece increíble que hombres de la altura de Agüero y de Varela llegasen a creer que el protocolo que firmaban el 22 de junio de 1840 pudiera nunca servir a uno de los dos objetos que se proponían con ese paso, y que sin duda era el más importante para ellos.
Con una candidez pasmosa, la comisión argentina creyó arribar con ese convenio al logro de una obligación perfecta, de una alianza formal entre la Francia y los emigrados de Rosas.