Amalia
Amalia —¿Y usted también, señor Bello?
—A pesar mío.
—¿Pero volverá usted a verme?
—A cada momento, siempre que no incomode al señor gobernador delegado.
—¡Incomodarme! Por el contrario, tengo muchas cosas que consultar con usted.
—Siempre estoy pronto y contento de ser honrado de ese modo.
—¡Vaya, pues, vayan con Dios!
Y el señor Mandeville y Daniel salieron juntos riéndose y compadeciendo ambos interiormente aquel pobre hombre titulado ministro y gobernador delegado.
—¿Quiere usted que tomemos un vaso de vino en mi casa, señor Bello? —preguntó el ministro inglés al llegar al coche.
—Con mucho gusto —contestó Daniel—, y los dos subieron al carruaje, a tiempo que doblaban la calle en dirección a la de Arana, Victorica por una vereda, y el cura Gaete por otra.
Llegado que hubieron aquéllos a la hermosa quinta del ministro británico, la conversación giró de nuevo sobre el documento que acaban de conocer nuestros lectores.