Amalia
Amalia —¿No le parece a usted, señor Mandeville?
—Soy de la misma opinión del señor Bello.
—¡Oh! Nosotros todos nos entendemos perfectamente —dijo Arana, arrellanándose en la silla.
—¿Y podríamos entendernos sobre el asunto que me ha traído a saludar a Vuestra Excelencia? —preguntó Mandeville.
—¿Sobre la reclamación del súbdito inglés?
—Justamente.
—Sí, podríamos, pero…
—Pero ¿qué, señor? Es un asunto muy fácil.
—Pero como el señor gobernador no está…
—Pero Vuestra Excelencia es el gobernador delegado, y en un asunto tan sencillo…
—Sí, señor, pero yo no puedo sin consultarlo.
—Pero si esto no es de política; es un asunto civil; se trata de volver a un súbdito de Su Majestad una propiedad que le ha tomado un juez de paz.
—Lo consultaré.
—¡Válgame Dios!
—Lo consultaré.
—Haga el señor Arana lo que quiera.
—Lo consultaré en la primera oportunidad.
—Bien, señor —dijo Mandeville, levantándose y tomando su sombrero.
—¿Se va usted ya?
—Sí, señor ministro.