Amalia
Amalia —Créame usted que estoy deseando dejar el ministerio, señor don Bernardo.
—Se lo creo; y pasar a vivir a su estancia, ¿no es eso?
—¡Qué estancia, hombre, si está arruinada!
—Pues no dicen eso los unitarios.
—¡Qué! ¿Hablan hasta de mi estancia?
—De las estancias.
—¡Jesús, señor! ¿Yo, estancias?
—Y que están muy pobladas, y que todo eso ha sido mal adquirido, y que todas se las han de quitar a usted, por haber sido compradas con fondos del Estado; ¡qué sé yo cuántas cosas dicen!
—Pero es preciso que vayan a la cárcel.
—¿Quiénes?
—Los que eso dicen.
—¡Pero si lo dicen en Montevideo, señor Arana!
—¡Ah, en Montevideo!
—Pues…
—¡Traidores!
—Por supuesto.
—Vea usted: hasta un crucifijo de plata que me regaló el padre guardián de San Francisco después de la entrada de los ingleses, es decir, después que se fueron, se lo he tenido que dar al almacenero Rejas, a cuenta del gasto que le hago.
—Ya.