Amalia
Amalia Un ministro, un favorecido del héroe, debía ser por fuerza un hombre serio, grave, adusto, representante fiel de la más seria de las causas.
Como todos se vestían de diablo, el color de llamas de que estaban cubiertos dábales cierto aire más imponente, que luego sus términos llenos de mesura y de reticencias acababan de solemnizar.
Mientras se trataba de lugares comunes, todo era flores para ellos. Por aquí o por allí, la conversación había de rodar por fuerza sobre Su Excelencia y Manuelita, con quienes indefectiblemente se había hablado el día antes o hacía dos días, cuando más.
Cada palabra de los labios federales era a los ojos del que la vertía una especie de onza de oro, con el busto del Restaurador, que debía recogerla y metérsela en el bolsillo el que estaba escuchando sus relaciones con la sacra familia, por lo cual debía estar admirando el poder y la influencia del personaje, ministro, o juez, o diputado, etc.