Amalia
Amalia —Aunque rabien los unitarios. Lo soy; sí, señor, lo soy.
—Buenos días.
Y Victorica salió echando a los diablos al gobernador delegado.
Entre las muchas preciosidades curiosas que ofrece a la crítica el sistema de don Juan Manuel de Rosas, o más bien, su época, es la laboriosa ficción de todos cuantos representaban un papel en el inmenso escenario de la política. Cada personaje era un actor teatral: rey a los ojos de los espectadores, y pobre diablo ante la realidad de las cosas.
Un ministro de Estado, un jefe de oficina, un diputado, un juez, un general en jefe, todo eran, menos ministro de Estado, juez, diputado o general; pero hacían maravillosamente su papel de tales. Es decir, hacían su papel para los demás; pero ante los propios no había uno que no supiese que su corona era de cartón dorado y su cesáreo manto, de franela.
Lujosos, porque jamás la plata les faltaba, al golpear la puerta de un magnate de Rosas, ya se tocase, en efecto, a la casa de un ministro, de un general, de un alto magistrado, etcétera.
Se llegaba a la presencia del magnate, y ya la cara estaba diciendo a uno con quién hablaba.