Amalia

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Don Felipe Arana era amigo de todos los hombres de iglesia; pero con el cura Gaete existía en don Felipe otro vínculo no menos atrayente, o quizá más atrayente que el de la amistad y todos cuantos ligan los corazones humanos, por cuanto ese vínculo era el miedo; un miedo abrumador que sentía, tanto por la lengua difamadora de Gaete, cuanto por sus íntimas relaciones con la Mazorca.

Así fue que, al verlo entrar, salió a su encuentro con las dos manos estiradas, cual si fuese a tropezar con él, más bien que a saludarlo. Pues que por un resultado necesario del sistema de Rosas, sus mejores servidores estuvieron siempre temblando recíprocamente unos de otros y todos juntos, del mismo hombre a quien servían y sostenían.

—¡Qué milagro, padre, qué milagro! —exclamó don Felipe, sentándose a su lado; pero desgraciadamente el cura Gaete vino a quedar frente a frente con don Cándido.

—Vengo a dos cosas.

—Hable, padre. Sabe que yo soy uno de sus más antiguos amigos.

—Eso lo hemos de ver hoy.

—Hable, hable no más.

—La primera cosa a que vengo es a felicitarlo.


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