Amalia
Amalia —Gracias, muchas gracias. ¡Qué quiere usted! ¡Todos debemos prestarnos a lo que manda el señor gobernador!
—Cabal. Al fin, nosotros nos quedamos aquí mientras él va a darles de firme a esos traidores.
—¿Y la segunda cosa, padre?
—La segunda es una orden que quiero me dé usted para que prendan a unos impíos unitarios que me han ofendido.
—¡Hola!
—Y a toda la Federación.
—¿Sí?
—Y hasta al mismo Restaurador.
—¿También?
—A todos.
—¡Qué insolencia!
—He estado más de diez veces a ver al gobernador antes de irse, pero no he podido hablarle.
—¡Ha estado tan ocupado estos últimos días!
—Pero Victorica no está ocupado, y sin embargo, no ha querido prender a los que le he dicho, porque dice que no tiene órdenes.
—Pero, si es caso extraordinario, debe hacerlo.
—No lo hace porque nunca ha querido hacer nada de lo que yo, o los demás socios, le decimos.
—Sus deberes quizá…