Amalia

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—No, señor, ¡qué deberes, ni qué deberes! No lo hace porque no es tan federal como nosotros.

—¡Vaya, hombre, vaya, calma!

—No quiero calma, no, señor. Y si usted no me da la orden, yo no respondo de lo que puede suceder.

—¿Pero, qué es lo que hay? —preguntó don Felipe, que maldecía el momento en que le había entrado tal visita.

—¿Qué es lo que hay?

—Sí, vamos a ver, que si es cosa que merezca la pena…

—Y verá usted si merece. Óigame usted, señor don Felipe.

—Diga usted, pero con calma.

—Oiga usted: tengo por el barrio de la Residencia unas antiguas amigas mías que me cuidan la ropa. Fui una noche a verlas, hará como dos meses; levanté el picaporte, entré y volví a cerrar la puerta. El zaguán estaba oscuro, y…

Y el cura Gaete se levantó, entrecerró la puerta del gabinete que daba al zaguán, y dirigiéndose a don Cándido le dijo:

—Venga, paisano; póngase aquí —señalando un lugar cerca de la puerta.


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