Amalia
Amalia Don Cándido temblaba de pies a cabeza, la palabra se le había atragantado y, perdida la elasticidad de los músculos de su cuello, no volvía la cabeza a ningún lado.
—¡Eh! Con usted hablo —continuó Gaete—, venga, hágame el favor de pararse aquí, que no es un perro el que se lo pide.
—Vaya usted, don Cándido, vaya usted —dijo Arana.
Don Cándido se levantó y marchó, duro y derecho, hasta el lugar que indicaba Gaete, ni más ni menos que como el Convidado de Piedra.
—Bueno, ahí —dijo Gaete—. Yo entré, pues, al zaguán que estaba oscuro, y ¡tras!, tropecé con un hombre.
Y Gaete caminó hacia don Cándido y se dio contra él.
—En el momento saqué mi puñal; este puñal federal, señor Arana —dijo Gaete sacando un gran cuchillo de su cintura—, que me ha dado la patria como a todos sus hijos para defender su santa causa. ¿Quién está ahí?, pregunté, y yo le puse la punta del puñal sobre el pecho.
Y Gaete la puso en efecto sobre el pecho de don Cándido.