Amalia

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—Me respondió que era un amigo; pero yo, que no entiendo de amigos en zaguanes a oscuras, me le fui encima y lo cacé del pescuezo.

Y Gaete se prendió de la corbata de don Cándido con su mano izquierda.

Don Cándido fue a hablar, pero se contuvo, pues todo lo que más le importaba era no hablar; y tuvo que resignarse a sufrir en silencio la pantomima de Gaete, jurando en su interior que éste sería el último día de su residencia en Buenos Aires si tenía la dicha de que no fuese el último de su existencia en el mundo.

Gaete continuó:

—Pero, a tiempo que se lo iba a encajar, se me cayó el cuchillo. Fui a alzarlo, y a tiempo que me agachaba, otro hombre se echa sobre mí y me pone una pistola en la sien; y allí, desarmado yo, y con la muerte en la cabeza, se pone a insultarme, y a insultar al Restaurador y a la Federación. Y después de decir cuanto se le vino a la boca, me metieron a la sala entre los dos hombres, me encerraron, porque casualmente las mujeres habían salido, y después se marcharon.

—¡Oh, es una insolencia inaudita! —exclamó don Felipe.

—¿No se lo decía, pues?

—¿Y quiénes eran?


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