Amalia
Amalia —Ahí está la cosa. No pude saber nada, porque habían entrado con llave falsa a esperarme, cuando vieron que las señoras habían salido, pero después he dado con uno; lo he conocido por la voz.
—¿Ha oído usted una cosa más original, señor don Cándido?
Don Cándido hizo una mueca como diciendo: ¡Asombroso!
—¿Pero qué tiene usted, hombre? Está usted como un muerto.
Don Cándido llevó la mano a la cabeza y se golpeó la frente.
—¿Ah, le duele a usted la cabeza?
Don Cándido contestó afirmativamente.
—Bien, apunte usted la queja del señor cura Gaete y retírese.
Don Cándido volvió a la mesa y se puso a escribir.
Gaete prosiguió:
—Este suceso casi me costó la vida, porque me levantaba de dormir la siesta después de haber estado de comida con cuatro amigos, y esa noche casi tuve una apoplejía.
—¡Oh, si ha sido una cosa terrible!