Amalia

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—Pero ya he conocido a uno, como he dicho a usted, y si nadie me hace justicia, aquí está quien me la ha de hacer —dijo Gaete, señalando el lugar de la cintura en que acababa de guardar su cuchillo, bajo un enorme chaleco colorado.

—¿Y sabe usted quién es?

—No, señor. Déseme la orden de prisión con el nombre en blanco, que yo lo pondré.

—¡Pero hombre!

—Eso es lo que yo quiero.

—¿Acabó usted, señor don Cándido? —dijo don Felipe, que no sabía por dónde salir de aquel laberinto.

Don Cándido contestó afirmativamente.

—A ver, léaselo usted al señor cura Gaete.

Don Cándido vacilaba.

—Lea usted, hombre de Dios, lea usted lo que ha escrito.

Don Cándido elevó su pensamiento a Dios, tomó el papel y leyó:

Queja elevada al Excelentísimo señor gobernador delegado por el muy digno y respetable, esclarecido patriota federal, Reverendo…

—¡Che! —exclamó Gaete, abriendo tamaños ojos y extendiendo el brazo hacia don Cándido.

—¿Qué hay? —preguntó Arana.

—Éste es el otro.


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