Amalia
Amalia —¿Quién?
—Éste, éste. Éste es el otro del zaguán.
—¿Está usted en su juicio? —exclamó Arana.
—Ya están los dos —dijo Gaete frotándose las manos.
—¡Pero hombre!
—Sí, señor don Felipe. Éste, éste es el otro.
—¿Yo? ¿Yo querer asesinar al muy digno y respetable cura de la Piedad? —exclamó don Cándido, revistiéndose de una entereza que él habría llamado asombrosa, descomunal, inaudita.
—¡Toma! Hable otro poquito.
—Está usted en error, mi apreciable y estimado señor. El acaloramiento, la irritación…
—¿Cómo se llama usted?
—Cándido Rodríguez para servir a usted y a toda su respetable familia.
—¿Familia? ¡El mismo! Ya están los dos.
—Señor cura Gaete, siéntese usted —dijo don Felipe—. Aquí debe haber alguna cosa extraordinaria.
—Claro está, Excelentísimo señor —dijo don Cándido, cobrando ánimo—; yo estoy por creer que este respetable cura ha tenido algún sueño sugerido por el enemigo malo.
—¡Yo le he de dar el sueño!