Amalia

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Rosas quiso despojar a la conciencia de los hombres que lo sostenían en el mando de toda creencia que no fuese la de su poder; de otro temor que a su persona; de esperanza alguna que no fuese la que su labio prometía; de otro consuelo que el que ofrece al crimen la repetición del crimen. Y para eso era preciso insultar a Dios, la religión, y la práctica de ella, a los ojos de esa multitud fanática y apasionada, cuyos sentimientos rudos explotaba.

Sacerdotes indignos de su misión evangélica se prestaron al plan rebelde del apóstata, y comenzaron en las famosas «parroquiales» sus primeros insultos a Dios, a Cristo y a su sacra casa.

Cuando el emperador Teodosio, bañado en la sangre de la degollación de Tesalónica, quiso entrar al templo, San Ambrosio salió a la puerta y, extendiendo la mano, le dijo: «Aquí no entra el delito: id a lavaros y volved limpio».

Pero en Buenos Aires no hubo quien velase la santidad del templo.




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