Amalia
Amalia López, cuya vida era el robo y la falsía del salvaje.
Ibarra, que entregaba a sus amigos arrancándolos del techo de su casa que los cubría, para pasarlos a manos del verdugo que se los pedía.
Aldao, el fraile Aldao, que tenía celos de la vida criminal de Quiroga, y en una ambición febriciente de delitos se empeñaba en sobrepasarlo y eclipsarle el nombre.
Rosas, que reasumió todas las inspiraciones de esos otros, y sistematizó con éstas su gobierno basado en el crimen, nutrido por él, dirigido a él: todos tomaron su bautismo público en esa charca de sangre que se ha llamado Federación en la República.
La historia argentina no enseñará esa palabra sino como la representación de algún delincuente, como el signo convencional de alguna rebelión, de algún partido, de algún golpe preparado al progreso y a la libertad del país.
La Federación, como sistema, jamás ha sido practicada en la República, ni los pueblos la exigieron nunca. Una sola vez fueron consultados, y fue cuando aceptaron la Constitución unitaria…
«Los unitarios son demasiado ilustrados, relativamente a nuestros pueblos —decían los federales en tiempo del debate constitucional—; y no pueden mandarlos porque los pueblos no entenderían su civilización».