Amalia
Amalia Belgrano era más que unitario: era monárquico. Recibió la República como un hecho que se establecía al empuje de los acontecimientos, la sostuvo con su espada y la propagó en el continente; pero en sus convicciones de hombre, la monarquía constitucional irritaba los deseos más vivos de su corazón. La monarquía, único gobierno para que nos dejó preparados la Metrópoli. La Constitución, última expresión de la revolución americana.
Muchos otros la querían también.
Ellos sabían que no era la emancipación del principio monárquico lo que requerían las necesidades sociales de los pueblos de América. Estos necesitaban, para cumplir la grandeza de su destino en el mundo, quebrar los lazos seculares que los ataban a una monarquía extranjera y atrasada. Pero esas necesidades no pedían el divorcio del principio monárquico con los pueblos a este respecto.
La raza, la educación, los hábitos, los intentos y el estado social, todo clamaba por la conservación de aquel principio. La geografía, el suelo mismo, coordinaban sus voces con los pueblos.