Amalia

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Pero la revolución degeneró, se extravió y, al derrocar el trono ibérico, dio un hachazo también sobre la raíz monárquica, y de la superficie de la tierra se alzó, sin raíces, pero fascinadora y seductora, esa bella imagen de la poesía política que se llama república.

Todavía un medio quedaba de reconquistar algo de la gran pérdida de aquel principio, y ese medio era la unidad de régimen en la República.

La unidad, sin embargo, fue hecha pedazos por los Atilas argentinos, que, salidos del fondo de nuestros desiertos bárbaros, vinieron a romper con el casco de sus potros las tablas de ese Occidente americano, en que empezaban a inscribirse las primeras palabras de nuestra revolución social.

Tomaron el nombre de los pueblos. Entendieron que Federación era hacer cada uno lo que le diera la gana; y cada uno hizo lo que Artigas, López, Bustos, Ibarra, Aldao, Quiroga y Rosas.

Y entre todo lo que hicieron, pocos de ellos dejaron de convertir la religión en instrumento de su ambición personal.

Rosas fue el último de todos que se valió de ella, pero el primero, sin disputa, en la «grandeza» de su crimen.


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