Amalia

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Los jesuitas fueron los únicos sacerdotes que osaron oponer la entereza del justo —la fortaleza del que cumple en la tierra una misión de sacrificio y de virtud—, a la profanación que hizo al altar la enceguecida presunción del tirano.

El templo de San Ignacio, fundado por ellos durante la dominación española, y de donde fueron expulsados después, fue velado por ellos en 1839, y cerradas sus puertas a la profana imagen con que se intentaba escarnecer el altar. Ellos pagaron más tarde al dictador esta resistencia digna de los propagadores mártires del cristianismo en la América[95]; pero ellos recibieron el premio en su conciencia; y más tarde, lo recibirán en el cielo.

¿Qué tenía que ver el templo y los sacerdotes de Cristo con los triunfos políticos de Rosas, ni con la imagen de un profano la casa de las imágenes celestes? «Determinado está por Jesucristo el fin de la misión eclesiástica, y trazado está el círculo de sus funciones. Encargada de apacentar y conducir el rebaño que está de camino para la vida eterna, conductora de peregrinos, y ella misma peregrina, no puede cuidarse más, ni necesita más, que el permiso del tránsito para viajar por tierra extraña».

Pero, fuera de los padres de la Compañía de Jesús, la religión se vio escarnecida por sus mismos intérpretes en la tierra.


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