Amalia
Amalia Las comunidades de Santo Domingo, San Francisco y monjas Catalinas y Capuchinas hicieron exposiciones políticas completamente opuestas al espíritu de caridad, al sentimiento de paz y de fraternidad, que debe abrasar a los que se cubren con un sayal para vivir lejos de las pasiones del mundo.
La victoria del Sauce Grande fue celebrada por esos frailes y esas monjas; y era la sangre de hermanos, la sangre de Abel, la que había corrido en esa lucha…
Jesucristo no se entrometió jamás en los negocios políticos de la Judea; y ninguna tradición revela que los apóstoles felicitasen, en calidad de tales, a ninguno de los césares romanos por sus victorias sobre los otros pueblos. Y esos frailes y esas religiosas se las tributaban por la prensa al más impío y sanguinario de los tiranos. Sus labios sacrílegos ofrecían elevar a Dios sus plegarias por sus continuos triunfos sobre los unitarios.
«Tienen miedo», decían para disculparlos. ¡Miedo! El que viste el santo hábito del religioso no conoce ese sentimiento. Cuando siente que la fortaleza de su alma se desmaya, él se arrodilla en el templo, o bajo la bóveda eterna de los cielos, y pide a Dios la inspiración divina que imprimió la resignación en el espíritu de su Hijo.