Amalia
Amalia —A las diez de la mañana estarás de vuelta y, si no me he levantado aún, me despertarás tú mismo.
—Sí, señor.
—Antes de salir, da orden que se me despierte si viene alguien a buscarme, cualquiera que sea.
—Muy bien, señor.
—Ahora, una sola palabra más, y vete a acostar. ¿No adivinas qué palabra será esa?
—Ya sé, señor —dijo Fermín con una marcada expresión de inteligencia en su fisonomía.
—Me alegro mucho de que lo sepas y que no lo olvides jamás. Para merecer mi confianza y mi generosidad, se necesita no tener boca, o tener una cabeza de hierro para libertarse de un momento de mal humor, debido a alguna indiscreción.
—No hay cuidado, señor.
—Bien, vete ahora.
Y Daniel cerró la puerta de su aposento que daba al patio, a las tres y cuarto de la mañana, de esa noche en que su espíritu y su cuerpo habían trabajado más que algunos otros hombres de gran nombre en el espacio de algunos años.