Amalia
Amalia En un pequeño banco de piedra, en el centro de un bosque de naranjos de Tucumán, sentada estaba Sor Marta del Rosario, abadesa de las Capuchinas, y Sor María del Pilar, mientras otras monjas paseaban por el jardín cercano al muro del convento, que da a la calle del Tacuarí.
Sor María del Pilar leía con mucha atención un papel y, concluida que fue su lectura, dijo a la madre abadesa:
—Está como de mano maestra, Sor Marta.
—Dios nos ilumina, Sor María, cuando tenemos que cumplir su voluntad —contestó la madre abadesa—. Pero quiero que lo lea alto. Puede ser que se me haya olvidado alguna cosa.
Sor María volvió a desdoblar el papel y leyó:
JESÚS.
Excelentísimo Señor:
Demos gloria al Soberano Dios de los ejércitos cuyo brazo poderoso sostiene y vigoriza las huestes de Vuecelencia para que reporte tan repetidos triunfos: en nombre de este nuestro buen Dios y de la Santa Comunidad, doy a Vuecelencia mil enhorabuenas, y quedamos con nuevo empeño rogando a nuestro Señor dé a Vuecelencia la investidura de sus soberanos atributos de bondad, equidad y misericordia, para consuelo de este pueblo que tanto lo ama, y para que la gloria de Vuecelencia sea eterna en compañía de los Santos y del mismo Dios.