Amalia
Amalia —La comunidad debe pensar como su abadesa; porque, de lo contrario, no sólo sería faltarme al respeto, sino una ingratitud, una herejía, desconocer los servicios que debemos al señor Restaurador. Él nos ha regalado la reja de fierro que tiene el atrio del templo. A él debemos que se haya arreglado nuestro asunto con el síndico; y de él y de su familia estamos todos los días recibiendo obsequios; ¿qué sería de nosotras si él faltase? Además, las comunidades de Santo Domingo, de San Francisco y las monjas Catalinas nos han dado el ejemplo, y si nosotras no pasamos esta felicitación, infaliblemente caeremos en el enojo de Su Excelencia. Así, pues, en esta felicitación por la batalla del Sauce Grande, aunque va a ir después de tanto tiempo y con fecha atrasada nos ponemos a cubierto del disgusto de Su Excelencia. Pero en otra cosa nos vamos a anticipar a todos los demás, y es en otra comunicación que vamos a dirigirle, y cuyo borrador lo ha de ver primero don Felipe.
—Me parece muy bien pensado, porque nadie es capaz de darnos mejores consejos que ese santo varón.
—Una persona ha de venir dentro de un momento, y por ella he de mandarle a don Felipe lo que quiero que vea.
Sor Marta del Rosario acababa estas palabras, cuando sonó la campana de la portería, y una monja llegó al jardín a anunciar que preguntaban por la madre abadesa.