Amalia

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La alameda estaba cuajada de gente. Cinco tiros de cañón disparados por la batería, que desde el principio del bloqueo se había colocado en el Bajo del Retiro, tras el magnífico palacio del señor Laprida, que entonces ocupaba míster Slade, cónsul de los Estados Unidos, habían arrebatado de las calles a cuantos las transitaban en aquel momento, y traídolos a averiguar las causas de los cañonazos.

Ella no era otra, sin embargo, que la que daba lugar todos los días a iguales detonaciones; es decir, la aproximación a la costa de alguna ballenera francesa que sondeaba el río, o venía a reconocer algún lugar convenido, donde debía atracar bajo la oscuridad de la noche para recibir emigrados. De esas balleneras, sin embargo, ninguna fue echada a pique por las tres grandes baterías de la costa, y los artilleros de Rosas se contentaban con ver los estragos que hacían los proyectiles en las agitadas olas del gran río.

Esta vez la embarcación francesa sobre quien la batería del Retiro había hecho sus cinco disparos, fuese por jactancia del oficial que la mandaba, o fuese porque para ello traía órdenes, habíase aproximado, a favor de la creciente del río, casi a tiro de fusil de la Capitanía del Puerto, quedando por consiguiente bajo los tiros de la fortaleza y de la batería del Retiro.


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