Amalia
Amalia —¡Cruz! —exclamó don Cándido, mirando a doña Marcelina con despavoridos ojos y cruzando los dos índices de sus manos.
—¡Ah! ¿Cuándo no se ha visto
a la beneficencia haciendo ingratos?…
—contestó doña Marcelina con, esos dos versos de un poeta español.
—Adiós, señora.
—Deteneos. Sólo la necesidad me obligaba a llegar a la casa del señor don Daniel; los dioses me han hecho encontraros; ¿me juráis volar a su encuentro para comunicarle la catástrofe que os amenaza a los dos?
—Sí, señora, voy a verlo dentro de una hora. Pero ¿me jura usted, por su parte, no volver a pararme en la calle, páseme lo que me pase?
—¡Lo juro sobre la tumba de mis abuelos! —exclamó doña Marcelina, extendiendo su brazo y ahuecando la voz, cuyos ecos se perdieron bajo las bóvedas de la pequeña portería del convento de las Capuchinas.
Poco después, don Cándido bajaba a largo paso por la calle del Potosí, dobló por la de la Florida, tomó por la de la Victoria y descendió al Bajo por la plaza del 25 de Mayo, dejando la fortaleza a su derecha.
Eran ya las tres de la tarde; hora en invierno en que los porteños no abandonan jamás su vieja costumbre de salir al sol, sean cualesquiera los sucesos políticos que sus rayos alumbran.