Amalia

Amalia

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—Yo. Todos mis amigos han sido víctimas. Acercárseme y tener sobre su cabeza la cuchilla del ángel exterminador es todo una misma cosa. Yo, mis amigos y la desgracia componemos las tres unidades de la tragedia clásica, según me lo explicó tantas veces el célebre poeta Lafinur, que sabía que con nada se me contentaba más que con darme lecciones de literatura. No puedo ni hablar con las personas sin que caigan en desgracia luego.

—¿Y eso me dice usted ahora? —dijo don Cándido, tomando su sombrero y su caña de la India, que había puesto a su lado sobre el escaño, y preparándose a marchar de prisa.

—¡Deteneos, presunta víctima! —exclamó doña Marcelina.

—¿Yo? ¿Al lado de usted?

—¿Y qué sería de vuestra vida y de la de Daniel si no hubiera yo volado a prevenirles el inmenso riesgo que están corriendo?

—¿Y qué será de mí si continúo hablando con usted?

—De todos modos usted ha de morir. Los hados son implacables.

—El diablo es quien se la debía llevar a usted, señora.

—Conteneos, temerario: si no habláis conmigo, morís por la mano de Gaete; y si habláis conmigo, morís por la mano de las autoridades.


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