Amalia

Amalia

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—Y lo peor de todo es que Daniel y usted serán víctimas inocentes inmoladas a Júpiter.

—¿Inocentes? Yo a lo menos lo soy. Pero veo que en mi destino hay algo de raro, de extraño, de fenomenal. Fluctúo entre los sucesos como un débil barquichuelo a merced de las ondas. ¡Oh, fortuna, fortuna! No tienes tú la culpa, sino yo, yo que abandoné mi profesión, que hoy podía servirme para tener áncoras de salvación en mis discípulos. Porque ha de saber usted, señora, que yo he sido maestro de enseñanza primaria, y tenía adoptados los mejores métodos; a las ocho se entraba en clase, a las diez los niños iban a recreo mientras yo almorzaba; mi almuerzo era generalmente puchero, huevos y café con leche, sin vino, por supuesto, porque esta bebida embota las facultades mentales, razón por la cual los ingleses no tienen entendimiento; después, duraba la clase hasta la una, hora en que los niños volvían a su casa y yo dormía un poco, no el sueño de ese infernal cura Gaete, que debe ser agitado por un enjambre de venenosas serpientes.

—Despacio. Pueden oírnos aquí mismo. Vivimos sobre un volcán, y yo, aunque mujer, soy quizá el ser más comprometido por mis antiguas relaciones y opiniones políticas. ¿Me conoce usted?

—No, señora, ni quiero conocerla.

—Pues estoy comprometida hace tiempo.

—¿Usted?


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