Amalia
Amalia —¡En los infiernos debiera estar durmiendo!
—¡Despacio!
—Prosiga usted, buena mujer, prosiga usted.
—Durante la comida ha blasfemado contra usted y Daniel. Ha hecho brillar en su mano un puñal más grande que el de Bruto; y, con los furores de Orestes, ha jurado perseguir a ustedes con más encarnizamiento que Montegón a Capuleto.
—¡Qué horror!
—Pero hay más.
—¿Más que matarnos?
—Sí, hay más: ha jurado que desde esta noche, él y cuatro más van a espiarlos a usted y a Daniel para asesinarlos donde los encuentren.
—¡Desde esta noche!
—¡Oh! Al lado del pensamiento de Gaete es nada este verso de Geón:
Moriré, morirás, morirán ellos.
Todos perecerán…
—¿Conoce usted la Argia, señor don Cándido?
—Déjeme usted de comedias, señora —dijo don Cándido, pasándose la mano por su frente bañada de sudor.
—No es comedia, es una estupenda tragedia.
—¡Qué más tragedia que la que pasa, Santo Dios! —exclamó don Cándido.