Amalia
Amalia —Pero usted se equivoca. Yo no soy… yo no soy…
—¿Qué no es usted? ¡Oh!, más fácil hubiera sido a Orestes desconocer su patria, que a mí el desconocer a mis amigos; y sobre todo cuando están en peligro.
—¿En peligro?
—¡Sí, en peligro; se piensa hacer una hecatombe con usted y con el señor Don Daniel! —exclamó doña Marcelina, levantando su dedo índice a la altura de los ojos de don Cándido; ojos que vagaron del cielo a la tierra, y de doña Marcelina al vestíbulo de la portería.
—Entre usted, señora —le dijo don Cándido tomándola de la mano, haciéndola entrar y sentarse a su lado en un escaño.
—¿Qué hay? —continuó—. ¿Qué especies de profecías espantosas y terríficas son las que salen rápidas y tumultuosas de la boca de usted? ¿Dónde la he conocido yo a usted?
—Contestaré, primero: que conocí a usted una mañana en casa de mi protector Daniel, y que otra vez lo vi a usted salir del zaguán de mi casa en aquella noche en que…
—¡Despacio!
—Bien. Agrego a usted que en este momento el cura Gaete está durmiendo la siesta en mi casa.