Amalia

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A cincuentas varas de la arena sobresalía del agua la negra y lustrosa superficie de una gran tosca, adonde no se podía llegar sin haber atravesado esa distancia con el agua hasta la pantorrilla, cuando menos. Y de pie sobre esa especie de isla, el punto más cercano a la ballenera, llamó de improviso la atención de todos un hombre vestido con un largo levitón blanco, con su sombrero en la mano, una caña de la India en la otra, que indudablemente había atravesado a pie cuarenta varas de agua, sin que nadie lo echase de ver, pues que sólo por el agua se podía llegar a la peña.

Él era, como el lector conoce ya, nuestro don Cándido Rodríguez, que al salir del convento concibió el proyecto de emigrar aunque fuese en una tina de baño, según él mismo se decía en la larga conversación que trajo consigo mismo.

—Éste es tu día, Cándido —se decía sobre la peña—; la Providencia te ha traído hasta este lugar. ¡Ea, valor! En cuanto esa embarcación salvadora se aproxime más, corre, precipítate, vuela sobre este río, y ponte bajo la poderosa protección de esa bandera.



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