Amalia
Amalia El miedo, que es el peor consejero de este mundo, inspiraba de ese modo a nuestro desgraciado amigo, que no echaba de ver que a su retaguardia tenía cien o más jinetes federales, que con un par de rebencazos a sus caballos habrían llegado hasta él en dos minutos, al primer paso que diera hacia la embarcación, como sucedió en efecto.
El oficial de la ballenera paseaba su anteojo por aquella multitud de más de mil personas que había sobre el muelle, y todas las miradas se dividían entre él y don Cándido, cuando el estallido del cañón dio sobre los nervios ese golpe eléctrico que acompaña siempre a la impresión del sonido violento, y cuatro pirámides sucesivas de agua, que se elevaron a pocas varas de la embarcación, arrebataron la mirada de todos, que prorrumpieron luego en un estrepitoso aplauso al tiro de la fortaleza.
En ese momento la ballenera izó su vela, y como para tomar el viento sur necesitó dirigirse un momento hacia el oeste, todos creyeron que se venía sobre el muelle, y el primero que participó de esta preocupación fue, desgraciadamente, nuestro don Cándido. Y desplegarse la vela, bajar de la peña, entrarse al agua, y empezar a andar río adentro con el agua a la pantorrilla, todo fue obra de un segundo.