Amalia
Amalia Pero no bien acababa de poner sus pies en ese improvisado baño, cuando la ballenera viró de bordo y tomó al este, volando, más bien que navegando, con la brisa del sur. Y a ese mismo tiempo, mientras don Cándido abría tamaños ojos y cruzaba sus manos, cuatro caballos levantaban nubes de agua, corriendo a gran galope sobre él.
Don Cándido volvió la cabeza cuando ya estaba rodeado de los cuatro verdaderos federales, en cuyos semblantes no pudo adivinar otra cosa nuestro pobre amigo que su última hora.
—Usted se iba —le dijo uno de ellos, alzando sobre la cabeza de don Cándido el cabo de hierro de un inmenso rebenque.
—No, señor, venía —contestó don Cándido, haciendo maquinalmente profundas reverencias a los jinetes y a los caballos, o más bien, a los caballos y a los jinetes, siguiendo el orden de una rigorosa cronología moral.
—¿Cómo es eso que venía, siendo así que iba usted para adentro del río?
—Sí, mis distinguidos amigos federales; venía de casa del señor gobernador delegado, de quien soy secretario.
—Pero ¿usted iba a alcanzar la ballenera? —le interrogó otro.