Amalia
Amalia —No, señor, líbreme Dios; quería acercarme solamente, lo más posible, para ver si la ballenera traía gente de desembarco en el fondo para volver a avisarlo a los heroicos defensores de la Federación e incitarlos a triunfar o morir por el padre de cuantos hijos tiene Buenos Aires, y por el señor don Felipe y su respetable familia.
Una grita estrepitosa contra los franceses y en loor de la Federación y de los federales sucedió al discurso de don Cándido entre la multitud de marineros del puerto y carretilleros que se habían acercado, con el agua a la rodilla, hasta el lugar de aquella escena en que todos esperaron ver un desenlace trágico.
El coronel Crespo, el comandante Jimeno, Larrazábal y todos cuantos estaban sobre la pequeña barranca de la capitanía, no sabiendo lo que pasaba, y queriendo saberlo cuanto antes, dieron tan fuertes gritos e hicieron tan violentas señas a los de a caballo, que uno de estos hizo subir a don Cándido a la grupa, medio cargado por algunos comedidos entusiastas de los que allí había, y he aquí que condujeron en triunfo hasta la alameda al impertérrito secretario de Su Excelencia, que se había arrojado al agua para observar el fondo de la ballenera francesa.