Amalia
Amalia En medio del estrépito de las armas, Buenos Aires, esa capital donde se reunían los contingentes de ideas que le enviaban todas las provincias de la Unión, como enviaban a las batallas los contingentes de lanzas, marcha a grandes pasos en el camino de la revolución social, y todas las tradiciones de la colonia son tumbadas por la mano de la República. Los grandes principios se fundan y se practican a la vez. La República, el gobierno representativo, el ministerio responsable, el sistema electoral, la libertad de la conciencia, del pensamiento, del comercio; la igualdad democrática; la inviolabilidad de los derechos: todo, en fin, cuanto la revolución europea tenía de más santo, de más social, lo canoniza para sí la revolución del Plata. Y a la luz de este brillante día que se levantaba sobre sus olas, surgieron de la revolución esas cabezas chispeantes de genio que hicieron el honor y la gloria de la República, no menos grandes que el honor y la gloria que conquistaba con sus armas sobre los campos de batalla.
Pero dos grandes principios de resistencia debían encontrarse de frente con la reforma social, y desde sus primeros días se le presentaron, en efecto, disfrazados bajo distintos modos.
De una parte, el sistema de gobierno republicano que la revolución improvisaba, debía resentir los hábitos monárquicos de una sociedad nacida y educada bajo la monarquía absoluta.