Amalia

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Sorprendida Buenos Aires, tiene que soportar esa imposición terrible de la fuerza. Ya no era la cuestión de unitarios y federales: eran la civilización y la barbarie las que quedaron para disputar más tarde su predominio. Entretanto, con la derrota de los unitarios, la civilización quedó vencida temporariamente, porque el mismo partido federal, como representante de un principio político, quedó postrado por el triunfo del caudillo gaucho, que, tomando por pretexto la Federación, echó por tierra la federación y la unidad. Sin embargo, el partido federal sonreía creyéndose vencedor, mientras que legaba a la historia el derecho de acusarlo justa y terriblemente algún día, por haber querido comprar el sacrificio de sus adversarios políticos con la libertad y el honor de su país, entregándolo a manos de un bandido que debía más tarde pisar con el casco de sus potros los derechos mismos que buscaban bajo el sistema federal. Porque es mentira que padecieron un error los federalistas; es mentira que no conocieron a Rosas: Rosas fue conocido desde que tuvo quince años. A esa edad fue hijo insolente; a los dieciséis fue hijo huido; más tarde fue un gaucho ingrato con sus bienhechores; después fue siempre un bandido, rebelde a las autoridades de su país.




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