Amalia
Amalia Ése era el hombre que en 1840 se encerraba en los reductos de Santos Lugares, porque marchaba sobre la ciudad el puñado de libertadores que conducía el general Lavalle.
Llevemos la vista hasta los campos de Luján, y allí encontraremos esa cruzada de valientes, a la indecisa luz de los crepúsculos de la tarde, símil de la indecisa suerte que corrían; todo el mundo a caballo, y el pequeño ejército dividido en dos cuerpos: el primero mandado por el general Lavalle; el segundo por el coronel Videla.
Estos dos cuerpos iban a separarse momentáneamente; el primero iba a dirigirse hacia el sur; el segundo quedaba sobre Luján.
El general Lavalle quería conocer primero el espíritu de la campaña al sur, antes de marchar sobre la capital. En el norte no se habían reunido a su ejército sino algunos grupos insignificantes de vecinos, pero las milicias y las fuerzas de línea permanecían fieles al tirano.
Los dos cuerpos del ejército se despidieron dando vivas a la libertad de la patria; de esa patria tan cara para sus buenos hijos, y cuyos campos debían regar bien pronto con su noble sangre.
Los escuadrones marchaban, y todavía los soldados se despedían con sus lanzas y sus espadas.