Amalia
Amalia ¡Antítesis terrible! ¡A doce leguas de ese lugar en que la libertad velaba con su manto de armiño el tranquilo sueño de sus hijos, un ejército de esclavos dormía soñando con el crimen a la sombra de la mano de hierro de un tirano!
Seis mil soldados, tendidos entre los reductos de Santos Lugares, estaban esperando la voz del asesino de su patria para abocar sus armas contra los mismos que les traían la libertad. Traidores a su madre común, podían serlo también al hombre a quien vendían sus derechos; y en el silencio de la noche los campamentos eran patrullados triplemente por partidas que se renovaban cada dos horas. Unas vigilaban la parte exterior de los reductos, otras paseaban en derredor del campamento, y otra patrullaba por entre las carpas de los soldados. ¿Estaba entre ellas la tienda del tirano? ¿La banderola o el hierro de su lanza la hacía descubrir en alguna parte? No. Rosas no tenía tienda. De día escribía dentro de una galera y de noche no se supo jamás su lugar fijo. Fingía echar su recado en tal paraje para pasar la noche, y media hora después estaba su recado solo con algún soldado que lo cuidaba. ¿Vigilaba? No, huía; mudaba de lugar y de escolta para que todos ignorasen dónde estaba.