Amalia
Amalia Su carácter era alegre, fácil y comunicativo. Pero de vez en cuando se notaba en ella, después de algún tiempo, algo de pesadumbre, de melancolía, de disgustos; y sus vivos ojos eran cubiertos alguna vez por sus párpados irritados; lloraba, pero lloraba en secreto como las personas que verdaderamente sufren.
Su educación de cultura era descuidada, pero su talento natural suplía los vacíos de ella.
Su madre, mujer de talento y de intriga, pero vulgar, no había hecho nada por la perfecta educación de su hija. Y huérfana de madre hacía dos años, Manuela no contaba, en la época que narramos, con otro ser que debiera interesarse por ella, sino su padre; porque su hermano era un bellaco rudo, inclinado al mal, y sus parientes se cuidaban mucho de Juan Manuel, pero nada de Manuela.
Su corazón había sentido dos veces ya la tierna serenata del amor a sus cerradas puertas; pero las dos veces la mano de su padre vino a echar los cerrojos de aquéllas, y la pobre joven tuvo que ver los más bellos encantos de la vida de una mujer a través del cristal de su imaginación.
Su padre había decretado el celibato eterno de aquella criatura sabedora de todas las miserias, de todas sus intrigas y de todos sus crímenes, porque entregaría todos esos importantes secretos con el corazón de la joven.