Amalia

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Ella, además, era su instrumento de popularidad. Con ella lisonjeaba el amor propio del plebeyo alzado de repente a condición distinguida en la amistad del jefe federal. Con ella trasmitía su pensamiento a sus más abyectos servidores. Con ella, en fin, sabía la palabra y hasta el gesto de cuantos se acercaban a comprar con una oficiosidad viciosa o criminal algún destino, algún favor, algún título de consideración federal.

Su hija, además, era el ángel custodio de su vida; velaba hasta el movimiento de los párpados de los que se acercaban a su padre; vigilaba la casa, las puertas y hasta los alimentos.

Nos acercamos a esta mujer desgraciada en los momentos en que su salón está cuajado de gentes, y ella es allí la emperatriz de aquella extraña corte.

Pero nuestra mirada no puede divisar bien las fisonomías; es necesario acercarse a ellas, porque una densa nube de humo de tabaco eclipsa la luz de las bujías.

Los principales miembros de la Sociedad Popular hacen su visita de costumbre en ese momento. Y fuman, juran, blasfeman y ensucian la alfombra con el lodo de sus botas o con el agua que destilan sus empapados ponchos.


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