Amalia
Amalia Allí está, viva y palpitante, la democracia de la Federación. Gaetán, Moreira, Merlo, Cuitiño, Salomón, Parra, fuman y conversan mano a mano con los diputados García, Beláustegui, Garrigós, Lahitte, Medrano, etc.; con los generales Mansilla, Rolón, Soler, etc.; también Larrazábal, Mariño, Irigoyen, González Peña conversan en otro grupo mientras sus esposas, federalizadas hasta la exaltación, rodean a Manuela con doña María Josefa Ezcurra, la comadre de Merlo, la ahijada de éste, la sobrina de aquél; parientes, en fin, de todo género y de toda rama de aquellos corpulentos troncos sobre que reposaba la santa e inmaculada causa federal.
Las paredes de aquel salón tenían oídos y boca para repetir al Restaurador de las Leyes lo que allí se decía; pero no podían tener unos ni otra para el general Lavalle. No había, pues, miedo.
Cada grupo describía a su modo la situación política, pero ninguno disentía en opinión respecto al triunfo cierto del Restaurador sobre sus inmundos enemigos.
Según unos, la cabeza de Lavalle iba a ser puesta en una jaula en la plaza de la Victoria.
Según otros, todo el ejército prisionero debía venir a ser pasado a cuchillo por la Sociedad Popular, en la plaza del Retiro.