Amalia

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Las mujeres tomaban su parte también. Ellas declaraban que las unitarias, madres, esposas, hijas, hermanas de los traidores que traía Lavalle, les debían ser entregadas para cortarles la trenza y tenerlas después a su servicio.

Manuela no hacía sino volver los ojos de uno a otro grupo, oyendo ese certamen del crimen, en el cual todos competían por ganarse el triunfo en la emisión de una idea más criminal que las otras.

Para Manuela esto no era sorprendente, sin embargo, porque la repetición de esta escena le había hecho perder su admiración primitiva. Pero tampoco gozaba de ella, porque en su corazón de veintidós años no podía ser música agradable un coro perpetuo de juramentos y de maldiciones. Además, la costumbre de tratar a aquella gente le había dado el conocimiento de su importancia real, y ella sabía que no tenían para su padre ni aun la noble fidelidad del perro; que no eran otra cosa que esclavos envilecidos que venían delante de ella a jactarse de un sentimiento que era en ellos, más que otra cosa, la inspiración de sus instintos malos, y de su conciencia sometida al miedo y a la voluntad de su amo.

Pero en cambio, las demás mujeres gozaban por ella.

La una admiraba la elocuencia de su marido.


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