Amalia

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—¡Cabal! —gritó Salomón.

—Eso es hablar —dijo Merlo.

—Y el que no quiera hacer lo que los restauradores que han de morir por el señor don Juan Manuel de Rosas y su hija, que alce el dedo —dijo Gaetán.

—Mándeme, doña Manuelita, y mándeme dondequiera, que yo solo basto para traerle un rosario de orejas de los traidores unitarios.

Manuela volvió los ojos a todas las mujeres que allí había. Buscaba alguna simpatía de sexo, alguna armonía blanda de espíritu, algún signo de resignación que la fortaleciese. Pero nada… nada… nada. Allí no había, en hombres y mujeres sino fisonomías duras, encapotadas, siniestras. En ésta el odio, en aquélla el vicio; en ésa la abyección de la bestia, en la otra la prostitución y el cinismo: he ahí todo cuanto rodeaba a aquella mujer joven en cuyo corazón la Naturaleza no había sido avara, quizá, de afectos tiernos y delicados, pero en el cual la infernal escuela en que la ponía su mismo padre, estaba encalleciendo sus sensibles fibras, al roce de las más rudas y torpes impresiones.

—¡Sí, todos debemos contribuir a dar un gran ejemplo para que la Federación quede afianzada sobre bases inconmovibles de diamante! —exclamó el diputado García, con el énfasis y la petulancia que era habitual a sus palabras.

—¡Bravo!


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