Amalia

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—Ha dicho muy bien la señora doña María Josefa: el puñal debe ser el arma de los federales, y en adelante yo daré mis órdenes —dijo Mariño, queriendo lisonjear a aquella arpía para que no continuase.

—Que acabe el Restaurador con los que vienen, y nosotros acabaremos con los que están dentro —dijo Garrigós, embutido entre su alta corbata, como era su costumbre.

—A la primera orden que nos dé el Restaurador, la primera cabeza que corte yo, se la he de traer a usted, doña Manuelita —dijo Parra.

Manuela hizo un gesto de repugnancia y volvió los ojos a la mujer de don Fermín Irigoyen, que tenía a su lado.

—Los unitarios son demasiado feos para que quiera verlos Manuelita —dijo Torres, buscando ponerse de acuerdo con la hija de su padre.

—Así es, pero degollados, se han de poner muy buenos mozos —contestó doña María Josefa.

—Si a la niña no le gusta ver esas cosas, yo no le he de traer la cabeza que le he ofrecido —replicó Parra—, pero los hombres, sí; los hombres es preciso que veamos todos las cabezas de los unitarios, sean lindos o feos —continuó dirigiéndose a Torres—; porque aquí no hemos de andar con gambetas. Todos somos federales y todos debemos lavarnos las manos en la sangre de los traidores unitarios.


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