Amalia
Amalia —El comandante Cuitiño es nuestra mejor espada —dijo Garrigós.
—Así se lo digo todos los días a Peña para que aprenda —dijo doña Simona González Peña, una de las más entusiastas federales, y que ostentaba más que su entusiasmo, unas hermosas barbas negras.
—Pero no es época de espadas —observó doña María Josefa, sino de puñal. Porque es a puñal que deben morir todos los inmundos salvajes asquerosos unitarios, traidores a Dios y a la Federación.
—Así es —dijeron algunos.
—El puñal, esa es el arma que deben tener los buenos federales —continuó doña María Josefa.
—¡Cabal, el puñal! —gritó Salomón.
—¡Sí, que mueran a puñal, a puñal! —repitieron otros, y todos en seguida hicieron este magnífico coro de la Federación.
—¡A puñal, pero en el pescuezo! —dijo doña María Josefa, relampagueándole los ojos.
—Y que el cuchillo esté mellado; con eso les duele —agregó Gaetán, hombre amulatado y de una figura la más repugnante posible.
—Yo lo que siento es que los serenos tengan fusiles, porque Mariño no quiere sino fusilar a los que llevan a su cuartel —dijo otro personaje de la reunión.
—¡Vaya, si es muy escrupuloso este Mariño! Por eso tuvo tantos miramientos con la viudita de Barracas.