Amalia

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—No, señor, no —replicó doña María Josefa—. Al seguro llevan preso; y mejor habría sido matarlos antes de que se fuesen.

—¡Cabal! —gritó Salomón.

—Sí, señor, cabal —prosiguió la vieja—. Y no es lo peor la clemencia de Juan Manuel, sino que cuando él da una orden de prender a algunos unitarios, los comisionados se ponen a papar moscas, y los unitarios se les escapan.

Los ojos de la vieja, chiquitos, colorados y penetrantes, se clavaron en Cuitiño que, de pie, a dos pasos de ella, arrojaba una bocanada del humo de su cigarro.

—Y no es peor tampoco que se les escapen —continuó—, sino que cuando los buenos servidores de la Federación les dicen dónde están escondidos, van allá y los mismos unitarios los embaucan como a muchachos.

Cuitiño se dio vuelta.

—¿Qué, se va, comandante Cuitiño?

—No, señora doña María Josefa, pero yo sé lo que me hago.

—No siempre.

—Siempre; sí, señora. Yo sé matar unitarios y he dado pruebas de ello. Porque los unitarios son peores que perros, y yo no estoy contento sino cuando veo su sangre. Pero usted está con indirectas.

—Me alegro que me haya comprendido.

—Yo sé lo que me hago.


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