Amalia
Amalia Manuela reclinaba su brazo en uno de los dos del sofá, y Daniel había elegido la silla que se juntaba con el ángulo en que estaba la joven, e inclinándose un poco, podía conversar con ella sin ser oído de los demás. Así lo hizo y le dijo:
—Si alguien gozara la felicidad y el honor de un interés especial por usted, señorita, esta casa sería un rival peligroso.
—¿Por qué, señor Bello? —contestó Manuela, con candidez.
—Porque la numerosa concurrencia diaria que hay en ella distraería mucho la imaginación de usted.
—No —contestó Manuela, con prontitud.
—Perdón, señorita: yo tengo el atrevimiento de poner en duda esa negativa.
—Y, sin embargo, he dicho la verdad.
—¿Cierto?
—Cierto: yo hago por no oír, y por no ver.
—Es una ingratitud entonces —dijo Daniel, sonriendo.
—No, es una retribución.
—¿De qué, señorita?
—¿Cree usted que mi silencio, o mi displicencia, les puedan disgustar?
—¿Y cómo no creerlo?