Amalia
Amalia —Entonces, yo les retribuyo el disgusto que ellos me causan con estarme hablando siempre de una misma cosa, que, por otra parte, yo no quisiera oír nunca.
—Pero hablan del señor gobernador; de la causa que es común a todos; hablan por el entusiasmo que los anima.
—No, señor Bello, hablan por ellos mismos.
—¡Oh!
—¿Lo duda usted?
—Me sorprende, a lo menos.
—¡Porque usted no ocupa mi triste lugar todos los días!
—Bien puede ser por eso.
—Eche usted la vista sobre cuantos aquí hay y, a excepción de usted, yo no sé cuál de los que están esta noche en mi presencia ha venido con otro objeto que el de darse valimiento de federal a mis ojos, para que yo se lo repita a tatita.
—Sin embargo, ellos sirven fielmente a nuestra causa.
—No, señor Bello, ellos nos hacen mal.
—¿Mal?
—Sí; porque ellos hablan más de lo que debieran, y quizá no obran con la buena fe que yo quisiera para la causa de mi padre. Además, ¿usted cree que yo estoy contenta con estas mujeres y estos hombres que me rodean?