Amalia
Amalia —Cierto. Usted tiene más talento que todos ellos.
—No hablo de talento; hablo de educación.
—Comprendo que deba mortificar a usted mucho la ausencia de otra sociedad.
—Hasta mis primeras amigas me han abandonado.
—La época, quizá.
—No, es esta gente, cuya sociedad tengo que aceptar porque tatita lo quiere. Creo que es usted la única persona de calidad que me visita.
—Sin embargo, aquí veo personas muy distinguidas.
—Pero que se han empeñado en hacerse peores que las que no lo son, y lo han conseguido.
—¡Es terrible cosa!
—Me fastidian, señor Bello. Paso la vida más aburrida de este mundo. No oigo hablar sino de sangre y de muerte a estos hombres y a estas señoras. Yo sé bien que los unitarios son nuestros enemigos. ¿Pero qué necesidad hay de estarlo repitiendo a cada momento con esas maldiciones que me enferman y, sobre todo, con la expresión de un odio que yo no creo, porque toda esta gente es incapaz de pasiones? ¿Qué necesidad, además, de venir aquí mismo a atormentarme la cabeza con esas cosas, impidiendo así que se me acerquen las personas de mi sexo, o los amigos que yo quisiera?